VOLVER AL PRINCIPIO DEL ABRAZO (“Olvidaste a la Roca que te engendró y al Dios que te dio a luz.” (Dt 32,18))

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, y con el verbo ya existía la memoria donde fuimos tejidos y aprendimos a respirar. Allí  habita el nombre de Dios que la costumbre no siempre pronuncia: Madre.

¿Cuántas noches dijiste “no puedo” y te dormiste con la puerta cerrada por dentro? Sin embargo, al borde del desaliento, algo tibio te sostuvo. Es la maternidad de Dios, la paciencia que no se cansa y el silencio que cubre sin exigir; aquella fuerza mansa que te rehace cuando ya no quedan fuerzas.

Escucha cómo lo confiesa el profeta: “Yo enseñé a Efraín a caminar, lo llevaba en brazos… lo atraje con lazos de amor, con cuerdas de ternura; me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11,3-4). ¿Reconoces ahí tus propias historias? Cuando aprendiste a caminar de nuevo tras esa pérdida. Así obra la Madre: se inclina, baja a tu altura, te mira sin reproche, te alimenta sin alardes.

El Aliento de Dios sigue aleteando sobre las aguas del caos y ese aleteo tiene calor de nido. Por eso la oración verdadera no comienza con discursos, sino con un gesto sencillo: ponerse la mano en el pecho y respirar. Es dejar que el Espíritu abra espacio donde el miedo encogió la vida. Es escuchar por dentro una voz que no grita y, sin embargo, lo cambia todo: “No estás solo. Te llevo conmigo.”

Nombrar a Dios Madre revela su santidad en una luz más honda: corrige sin romper, exige sin humillar, llama sin gritar. Cuando te desvías, no te aplasta: te busca. Cuando te endureces, no te descarta: te ablanda con paciencia. Cuando te culpas más de la cuenta, te recuerda que la gracia es mayor que tu medida

La maternidad de Dios rescata a la verdad del filo cruel; la paternidad de Dios rescata a la ternura del desorden sin forma. Juntas, como dos pulmones de la misma vida, nos enseñan a amar sin olvidar y a decir la verdad sin herir.


Deja que Dios sea más grande que tu idea de Dios; y cuando la noche sea espesa, repite en silencio la oración del salmista: “He calmado y acallado mi alma, como niño destetado en brazos de su madre.” (Sal 131,2)



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