EL AMPARO DIVINO: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recogerá.” (Sal 27,10)
¿Cuál es el rostro de Dios, Padre y Madre? A veces lo intuimos en quienes nos recibieron en este mundo: las manos que nos recibieron, la risa que nos dio permiso para existir o el cansancio que se volvía pan. Pero, ¿qué pasa cuando ese espejo estuvo roto? ¿Cuando papá no estuvo o cuando mamá se fue… cuando hubo golpes, gritos o silencios que helaban la casa, o cuando la muerte llegó demasiado pronto? ¿Dónde mirar entonces para conocer el rostro de Dios?
La fe responde con una promesa que sabe a casa: Dios no se limita a copiar lo que nos tocó vivir; Dios lo suple y lo sana con su amor. Si la palabra “padre” quedó marcada por el miedo, Él la estrena de nuevo en nuestra vida. Si la palabra “madre” quedó herida por la ausencia, Él la llena con su ternura. No borra la historia, pero la redime. Donde hubo huecos, hace cuna; donde hubo gritos, siembra una voz mansa; donde hubo golpes, pone un límite que protege. Esa es la obra silenciosa del Dios vivo: volver a criarnos por dentro.
Para quien fue bien amado, el rostro de Dios resplandece en la gratitud: el abrazo recibido se vuelve gratitud y servicio. Para quien fue herido, el camino comienza en otra parte: en aprender a ser recogido sin sospecha. Dios se acerca sin invadir, espera sin exigir credenciales, cura sin reproche. “¿Puede una madre olvidar a su niño? Aunque ella lo olvidara, Yo no te olvidaré” (Is 49,15). Con esa frase, la oración deja de ser teoría: se convierte en respiración, en descanso, en el permiso de creer que todavía hay futuro.
Hay una pedagogía divina que se nota en gestos muy concretos. La Madre sostiene primero y enseña después: te devuelve el pulso, te regala leche de consuelo, y cuando el corazón se calma, te muestra el camino. El Padre orienta sin humillar: te dice la verdad que necesitas para vivir, no para avergonzarte. Juntos -Padre y Madre- rehacen la confianza. Y entonces el alma empieza a distinguir lo que viene de Dios: la voz que llama por el nombre, no por el apodo; la mano que corrige sin romper; la presencia que permanece cuando todos se han ido.
Tal vez esta sea la noticia más honda para quien lleva años con hambre de hogar: no estás condenado a repetir la herida. Puedes aprender de Dios lo que no te pudieron enseñar.
Puedes recibir hoy aquello que no llegó a tiempo. Él recoge lo que se cayó, enciende una lámpara y te busca hasta encontrarte. A veces lo hará en silencio, dentro de ti; a veces por medio de otros: una amistad fiel, una comunidad sencilla, una palabra a tiempo… Dios suele prestar rostros para que vayamos entendiendo el suyo.
Si te duele la palabra “padre”, empieza por la Madre: deja que su ternura te abrigue, que su paciencia desarme el miedo. Si te duele la palabra “madre”, empieza por el Padre: deja que su claridad te ponga de pie, que su justicia te marque el norte. Poco a poco, verás que no hay dos dioses: hay un solo Amor con dos manos. Una cobija, la otra guía. Una te sostiene cuando tiembla el suelo; la otra te enseña a caminar sin repetir la violencia que te hirió.
Practícalo con un gesto breve. En silencio, pon la mano sobre el pecho y respira tres veces. Al inhalar, di por dentro: “Madre, recógeme”. Al exhalar: “Padre, oriéntame”. Después, haz un acto pequeño que contradiga tu herida: una llamada que te dé miedo, una disculpa sincera, un límite que te proteja, un plato de pan compartido. La sanación se parece mucho a aprender a vivir de nuevo: paso corto, verdad mansa, fidelidad en lo pequeño.
El rostro de Dios, Padre y Madre, puede haberte llegado como promesa cumplida en tus padres de la tierra; o puede estar llegando ahora, a su tiempo, como reparación y comienzo.

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