DIOS MADRE

 “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (génesis 1:27)

Si fuimos creados a imagen de Dios en la diferencia y la comunión, entonces el Nombre no cabe en un solo borde. Hay días en que el alma solo comprende a Dios cuando lo siente Madre: vientre que da vida, regazo donde el cansancio descansa, voz que no humilla, manos que curan sin preguntar. El profeta Isaías lo dice con claridad: “¿Puede una madre olvidar al hijo de su vientre? Aunque ella lo olvidara, yo no te olvidaré” (Is 49,15).

 

Cuando el miedo nos convence de que no importamos, Dios recuerda que llevamos nuestro nombre grabado en sus manos; y, cuando el dolor aprieta el pecho, vuelve la promesa: “Como una madre consuela a su hijo, así yo los consolaré” (Is 66,13). El consuelo de Dios se nota en cosas simples como el calor humano, el pan compartido, el tiempo y la paciencia de quien se inclina a la altura del pequeño para mirarlo a los ojos y de decirle “Aquí estoy”.  Por eso, en la oración madura aprendemos a dejar que Dios nos rehaga por dentro para escuchar su latido como se escucha, en silencio, la respiración de quien cuida nuestro sueño.

 

Cuando reconocemos el rostro materno de Dios, ensanchamos su grandeza y revelamos su santidad cercana: amor que cuida por dentro, voz suave que llama, manos que sostienen y abren futuro. Al decir Padre, proclamamos su firmeza que guía con sabiduría y coraje, la palabra que nos levanta y nos afirma en la verdad del corazón. La ternura materna y la firmeza del Padre son sendas que convergen en la santidad del mismo Amor, que restaura y orienta nuestra vida hacia la plenitud.

 

La invitación es simple y valiente: ensanchemos el Nombre de Dios para que en Él quepan nuestras lágrimas y nuestras decisiones. Cuando digamos “Madre”, dejemos que nos sane por dentro; cuando digamos “Padre”, permitamos que nos enderece el paso. Y, al final del día, reconozcamos el mismo rostro: uno solo, justo y compasivo, firme y cercano; el Dios vivo que nos hace nacer de nuevo y nos sostiene para que, hechos a su imagen, aprendamos a amar sin olvidar y a decir la verdad sin herir.




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