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Mostrando entradas de octubre, 2025

LA LECHE DE DIOS ES MISERICORDIA: “mamaremos y nos saciaremos de su consuelo” (Is 66,11)

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Es un alimento que madura por dentro y llega cuando el ánimo tiembla y el pecho está vacío. Así obra la Madre: sostiene primero y enseña después. Esa leche no nos mantiene en la niñez sino que nos da la fuerza justa para hacer lo correcto. A veces sabe a paciencia, porque el rencor tarda en soltar su presa. Otras veces sabe a claridad, porque el autoengaño también es hambre. Pero siempre llega a tiempo, como la Madre que inclina el rostro, oye el llanto y, sin reproche, aproxima el pecho. Entonces el corazón aprende una formula   nueva: respirar sin prisa, hablar sin herir, corregir sin humillar. La misericordia no borra la historia sino que la vuelve habitable. He visto esa leche invisible en gestos pequeños: una llamada que llega cuando ya no esperabas nada; un silencio que te deja llorar en paz; un pan partido en la mesa de alguien que también estaba cansado. Gracias a eso se entiende que la fe no es un examen, sino una casa donde el cansancio tiene sitio. Y uno puede repetir ...

BAJO SUS ALAS

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  “Te cubrirá con sus plumas; bajo sus alas hallarás refugio.” (Sal 91,4) Hay días en que el alma solo puede rezar con el cuerpo: quedarse quieta, llevar la mano al pecho y respirar. Allí, en esa pausa, aparece un calor antiguo que no sabemos explicar, como si alguien se inclinara sobre nosotros y nos hiciera sitio. A ese Alguien o Algo la Escritura lo nombra con una imagen que no falla: alas. Cuando decimos Dios Madre, hablamos de esa cercanía que cobija sin asfixiar. No es un sentimiento difuso,   es una fidelidad que nos vuelve a juntar cuando estamos hechos trizas. La Biblia lo describe con la fuerza de lo cotidiano: “ Como el águila que despierta su nido, revolotea sobre sus polluelos, los toma y los lleva sobre sus plumas …” (Dt 32,11-12). ¿No es eso lo que hemos vivido tantas veces sin saber nombrarlo? Cuando una pérdida nos dejó sin suelo y, sin embargo, seguimos en pie. Cuando la ansiedad apretó la garganta y, aun así, respiramos hondo y pudimos continuar…alguien ...

VOLVER AL PRINCIPIO DEL ABRAZO (“Olvidaste a la Roca que te engendró y al Dios que te dio a luz.” (Dt 32,18))

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“ En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”, y con el verbo ya existía la memoria donde fuimos tejidos y aprendimos a respirar. Allí  habita el nombre de Dios que la costumbre no siempre pronuncia: Madre. ¿Cuántas noches dijiste “no puedo” y te dormiste con la puerta cerrada por dentro? Sin embargo, al borde del desaliento, algo tibio te sostuvo. Es la maternidad de Dios , la paciencia que no se cansa y el silencio que cubre sin exigir; aquella fuerza mansa que te rehace cuando ya no quedan fuerzas. Escucha cómo lo confiesa el profeta: “Yo enseñé a Efraín a caminar, lo llevaba en brazos… lo atraje con lazos de amor, con cuerdas de ternura; me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11,3-4). ¿Reconoces ahí tus propias historias? Cuando aprendiste a caminar de nuevo tras esa pérdida. Así obra la Madre: se inclina , baja a tu altura, te mira sin reproche, te alimenta sin alardes. El Aliento de Dios sigue aleteando sobre las aguas del caos y ...