LA LECHE DE DIOS ES MISERICORDIA: “mamaremos y nos saciaremos de su consuelo” (Is 66,11)
Es un alimento que madura por dentro y llega cuando el ánimo tiembla y el pecho está vacío. Así obra la Madre: sostiene primero y enseña después. Esa leche no nos mantiene en la niñez sino que nos da la fuerza justa para hacer lo correcto. A veces sabe a paciencia, porque el rencor tarda en soltar su presa. Otras veces sabe a claridad, porque el autoengaño también es hambre. Pero siempre llega a tiempo, como la Madre que inclina el rostro, oye el llanto y, sin reproche, aproxima el pecho. Entonces el corazón aprende una formula nueva: respirar sin prisa, hablar sin herir, corregir sin humillar. La misericordia no borra la historia sino que la vuelve habitable. He visto esa leche invisible en gestos pequeños: una llamada que llega cuando ya no esperabas nada; un silencio que te deja llorar en paz; un pan partido en la mesa de alguien que también estaba cansado. Gracias a eso se entiende que la fe no es un examen, sino una casa donde el cansancio tiene sitio. Y uno puede repetir ...