BAJO SUS ALAS

 “Te cubrirá con sus plumas; bajo sus alas hallarás refugio.” (Sal 91,4)

Hay días en que el alma solo puede rezar con el cuerpo: quedarse quieta, llevar la mano al pecho y respirar. Allí, en esa pausa, aparece un calor antiguo que no sabemos explicar, como si alguien se inclinara sobre nosotros y nos hiciera sitio. A ese Alguien o Algo la Escritura lo nombra con una imagen que no falla: alas.

Cuando decimos Dios Madre, hablamos de esa cercanía que cobija sin asfixiar. No es un sentimiento difuso,  es una fidelidad que nos vuelve a juntar cuando estamos hechos trizas. La Biblia lo describe con la fuerza de lo cotidiano: “Como el águila que despierta su nido, revolotea sobre sus polluelos, los toma y los lleva sobre sus plumas…” (Dt 32,11-12). ¿No es eso lo que hemos vivido tantas veces sin saber nombrarlo? Cuando una pérdida nos dejó sin suelo y, sin embargo, seguimos en pie. Cuando la ansiedad apretó la garganta y, aun así, respiramos hondo y pudimos continuar…alguien nos cargó.

La maternidad de Dios no infantiliza; madura. Nos protege para que crezcamos y no para quedarnos en el nido. Bajo esas alas aprendemos una gramática nueva: hablar claro sin herir, poner límites sin rencor, cuidar sin poseer. Es la pedagogía de quien corrige sin romper, espera sin claudicar y sostiene sin exhibirse. Por eso, al invocarla, no pedimos magia: pedimos presencia. Que su sombra detenga el golpe, que su calor temple la dureza, que su paciencia abra futuro donde solo veíamos paredes.

Quizá hoy baste con este gesto: entrar bajo las alas. Repite por dentro y despacio: “Me cubres. Aquí respiro”. Deja que el corazón vuelva a latir a su ritmo y que el miedo se disuelva como escarcha al sol; y cuando salgas de ese amparo, lleva contigo la forma del ala: sé tú también sombra fresca para quien arde, hombro para quien tiembla, pan para quien no tiene fuerzas, pPorque la verdadera devoción a Dios Madre termina en cuidado.

Y si te preguntas dónde queda entonces el otro nombre, escucha: no hay dos dioses. La misma Presencia que cobija enseña a caminar; la que alimenta marca el rumbo. Al final, reconocerás en una sola luz la ternura de la Madre y la claridad del Padre: el Amor que te lleva en sus plumas y te pone en camino. Bajo sus alas descansas y de su mano avanzas… 



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