LA LECHE DE DIOS ES MISERICORDIA: “mamaremos y nos saciaremos de su consuelo” (Is 66,11)

Es un alimento que madura por dentro y llega cuando el ánimo tiembla y el pecho está vacío. Así obra la Madre: sostiene primero y enseña después. Esa leche no nos mantiene en la niñez sino que nos da la fuerza justa para hacer lo correcto. A veces sabe a paciencia, porque el rencor tarda en soltar su presa. Otras veces sabe a claridad, porque el autoengaño también es hambre. Pero siempre llega a tiempo, como la Madre que inclina el rostro, oye el llanto y, sin reproche, aproxima el pecho. Entonces el corazón aprende una formula  nueva: respirar sin prisa, hablar sin herir, corregir sin humillar. La misericordia no borra la historia sino que la vuelve habitable.

He visto esa leche invisible en gestos pequeños: una llamada que llega cuando ya no esperabas nada; un silencio que te deja llorar en paz; un pan partido en la mesa de alguien que también estaba cansado. Gracias a eso se entiende que la fe no es un examen, sino una casa donde el cansancio tiene sitio. Y uno puede repetir con el salmista, hasta que la frase se haga carne: “He calmado y acallado mi alma, como niño destetado en brazos de su madre” (Sal 131,2). No es evasión: es el punto de partida.

 

Porque, al ser nutridos así, estamos listos para partir el pan a los demás. Quien ha sido amamantado por Dios no muerde: ofrece. No corre para llegar primero: espera a quien se quedó atrás. La devoción verdadera termina en cuidado concreto: tiempo, escucha, abrigo, un trozo de esperanza compartida. Es el círculo simple de la gracia: lo que recibes como leche, lo devuelves como pan.

 

Esta misma Madre no nos deja sin rumbo. La mano que alimenta es también la que señala el camino; la voz que arrulla es la que llama por nuestro nombre cuando toca levantarse. Por eso, al final, solo hay un Dios y  un solo Amor con dos manos: una que cobija y otra que orienta. Una nos rehace por dentro; la otra nos pone de pie. En esa unidad caben nuestras hambres y nuestras decisiones, toda la ternura que guarda y la verdad que ilumina. Llama, entonces, sin miedo: “Madre”, para que te sostenga; “Padre”, para que te guíe. Y sal a la jornada con el corazón nutrido: hoy habrá leche para la misericordia y pan para el camino.

 



 

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