UNA GRAMATICA DE SALVACIÓN

 Juliana de Norwich, mujer cristiana del siglo XIV, contemplativa y audaz, descubrió en 1373, en su lecho de enferma, que tan verdaderamente como Dios es nuestro Padre, así verdaderamente es nuestra Madre. No lo dijo para provocar a nadie, sino porque así lo vivió. Cuando el cuerpo duele y el alma se queda sin fuerzas, uno ya no puede sostener teorías. En ese borde de fragilidad, Juliana recibió dieciséis visiones de amor; y desde entonces declaró que el misterio de Dios es más grande que nuestros moldes y que su ternura no compite con su verdad… la cumple.

Juliana contempla a la Trinidad y habla de Poder, Sabiduría y Amor: el Padre que da el ser, la Madre que hace crecer, el Hijo que envía a servir. No es un juego de palabras, sino una gramática de salvación. Del Padre recibimos la vida; de la Madre, el aprendizaje de caer y volver a intentar; del Hijo, la misión que transforma los buenos deseos en servicio. La maternidad no endulza el Evangelio sino que lo encarna en un modo de cuidar que forma sin aplastar, corrige con respeto y cura sin humillar.

Por eso se atreve a llamar a Jesús “nuestra verdadera Madre”. En Él somos engendrados, sostenidos, alimentados. Esta Madre Cristo nutre (Eucaristía), enseña (Evangelio) y abre camino (caridad hecha justicia). A la piedad le da suelo, a la verdad, mansedumbre, y a la misión, entrañas. Recuerda que la autoridad no se mide por el tono ni por la fuerza, sino por la capacidad de curar heridas y acompañar procesos. Una auténtica Madre no pregunta “¿por qué llegaste tarde?”, sino “¿te duele algo?”, luego enseña…pero primero cura.

Si Dios cuida la naturaleza con amor de Madre, a nosotros nos toca agradecer, cuidar y devolver. De la devoción a la responsabilidad; de la emoción a la ética; de la plegaria al compromiso con la casa común. Tal vez la conversión ecológica empiece justo ahí: al reconocer que el mundo no es botín, sino el hijo confiado.

Juliana vivía recluida en una celda junto a la iglesia de San Julián, en Norwich. Desde allí escribió el primer libro en inglés compuesto por una mujer: Revelaciones del Amor Divino. En sus páginas no hay gritos ni teorías frías, sino fuego que ilumina. Por eso, cuando escribe “todo estará bien, y toda clase de cosas estarán bien”, no ofrece un optimismo fácil, sino la esperanza probada en la enfermedad y la oración… y que Dios no nos mira con lupa de inspector, sino con ojos de madre que quiere levantarnos y enviarnos.

Quizá nuestra época necesite la ternura que hace crecer, que acompaña sin invadir y corrige sin aplastar. Un Padre que da el ser, una Madre que enseña a amar, un Hijo que envían a servir. Si dejamos que este rostro de Dios toque nuestras vidas no solo nos transformaremos sino que nuestras comunidades  también podrán respirar la paz que surge cuando las quejas se convierten en proyectos.

 “Dejen que este amor misericordioso los sostenga, los instruya y los ponga en camino”.

https://youtu.be/hh4uwNneQHc



 

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