EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO
Juan no describe un momento inicial del tiempo, sino el fundamento mismo de la realidad. Antes de la materia, antes de la acción, antes incluso del caos, hay Logos: sentido, palabra, principio ordenador. La creación, entonces, no comienza con un gesto de fuerza, sino con un acto de significado.
Cuando esta afirmación se pone en diálogo con el relato del Génesis, donde se dice que el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, queda claro que no se trata de una semejanza física, sino ontológica y relacional. Ser imagen de Dios significa participar del Logos. Es decir, el ser humano es creado con la capacidad de comprender, de nombrar, de interpretar, de dar sentido y de responder al sentido. Por eso, inmediatamente después de ser creado, el hombre nombra a los animales. Nombrar no es etiquetar; es reconocer la esencia de lo que existe. Dicho de otra manera, el ser humano se parece a Dios no por su forma, sino por su modo de estar en el mundo.
Pero el Logos no solo crea al ser humano: lo
habita. Por eso la semejanza no se limita al pensamiento lógico ni a la
capacidad de cálculo. Incluye conciencia, palabra interior, libertad,
creatividad y responsabilidad ética. El ser humano no solo piensa: sabe que
piensa y, precisamente por eso, puede orientar su pensar hacia la vida o hacia
la destrucción.
Si el Logos es la causa primera y el ser
humano es imagen del Logos, entonces vivir desalineado del Sentido no es
simplemente un error moral; es una forma de auto-negación. Cuando el ser humano
miente, violenta, cosifica o actúa sin conciencia, no solo daña al otro o al
mundo sino que rompe su propia semejanza, se distancia de aquello que lo
constituye.

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