MISERICORDIA

Dios no tiene cuerpo. Por eso, al decir que el ser humano fue creado a su imagen y semejanza, no hablamos de una forma que se repite, sino de una potencia que se transmite: la capacidad de hacer emerger el sentido allí donde antes solo había silencio e indeterminación.

Antes de ese acto, todo es confuso, abierto, sin contornos. Después, aparece un orden, una dirección, un horizonte habitable. Cuando se dice «hágase la luz», no ocurre un sonido: acontece una irrupción. Lo que no tenía lugar, lo encuentra; lo que no era, comienza a Ser. Esa fuerza creadora, misteriosa y silenciosa, reside en nuestra capacidad de construir Sentido, de interpretar, de nombrar el mundo... de co-crear.

Esta facultad no se reparte como un privilegio ni distingue jerarquías; no reconoce rangos ni excepciones. Todos participamos de ella por igual. Por eso la semejanza no admite grados , nadie está más cerca o más lejos de la fuente, y de ahí se desprende que la dignidad no se otorga: simplemente se reconoce.

Cuando reconozco al otro en su dignidad de Imagen de Dios, la misericordia deja de ser una elección para convertirse en la respuesta orgánica a la verdad descubierta. La misericordia no es un imperativo ético externo, sino la epifanía del conocimiento verdadero. Nace en ese reconocimiento exacto; no es un gesto de superioridad ni una concesión amable de quien tiene más hacia quien tiene menos. Es ver que en el otro ocurre lo mismo que en mí: la misma chispa que dota de sentido, la misma fuente que nombra, la misma posibilidad de mundo. Lo que cambia es solo lo accidental, la historia, el dolor, el camino recorrido, nunca la raíz.

Por ello, reducir al otro es una forma de violencia. Encerrarlo bajo etiquetas como «inferior», «peligroso» o «descartable» es usar el lenguaje para clausurar lo que, por naturaleza, está abierto. Es negar el mundo a quien también lo crea y es, en última instancia, olvidar quién soy y de dónde vengo.

La semejanza habita en lo invisible, donde ninguna categoría tiene poder. Silenciar la voz del otro no es solo callarlo a él: es empobrecer la realidad misma, porque en esa voz late una forma irrepetible de sentido que solo él puede aportar. En el fondo, la misericordia no es una excepción a la regla, sino la forma más fiel de habitar la semejanza. Si el otro comparte conmigo lo esencial, no hay otra manera coherente de estar frente a él; no hay otra opción que sea verdadera. Actuar con misericordia es honrar esa verdad silenciosa que nos une y reconocer, incluso en la diferencia más radical, la misma fuente que nos sostiene.

  


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